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Por Luis Buero
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Era su último día como cartero, después de haber recorrido durante treinta y cinco años las callecitas arboladas de Morón y su centro bullicioso .
Sus compañeros le pidieron que se quedara para brindar, que ese día no saliera a repartir correspondencia y los ayudara simplemente a clasificarla. Fue entonces cuando descubrió el sobre con un extraño destinatario: " Para Dios". Santiago pensó que era una broma de despedida. Pero no, todos estaban sorprendidos, nunca habían tenido que llevar una carta destinada a Dios. Finalmente la abrieron. En su interior, Santiago halló el pedido desesperado de un desocupado que requería el milagro de hallar mil pesos para comprar un remedio a su hijito, muy enfermo. Todos se miraron consternados, se llevaron las manos a los bolsillos, y juntos al guardia y un heladero de visita, juntaron ochocientos pesos. Santiago se calzó el uniforme, montó su bicicleta y partió en la última misión. Al llegar descubrió una casita humilde, sigilosamente pasó el sobre debajo de la puerta y se marchó. Al día siguiente, ya jubilado, Santiago no fue a trabajar, sus compañeros al abrir el saco del buzón, hallaron nuevamente una carta "para Dios" escrita por el mismo hombre; en su texto pudieron leer el siguiente mensaje: "Gracias señor por haber escuchado mi ruego. Mi hijo sanará. Eso sí, de los mil pesos que me mandaste sólo recibí ochocientos. Los otros doscientos se los deben haber robado en el correo".
Era su último día como cartero, después de haber recorrido durante treinta y cinco años las callecitas arboladas de Morón y su centro bullicioso .
Sus compañeros le pidieron que se quedara para brindar, que ese día no saliera a repartir correspondencia y los ayudara simplemente a clasificarla. Fue entonces cuando descubrió el sobre con un extraño destinatario: " Para Dios". Santiago pensó que era una broma de despedida. Pero no, todos estaban sorprendidos, nunca habían tenido que llevar una carta destinada a Dios. Finalmente la abrieron. En su interior, Santiago halló el pedido desesperado de un desocupado que requería el milagro de hallar mil pesos para comprar un remedio a su hijito, muy enfermo. Todos se miraron consternados, se llevaron las manos a los bolsillos, y juntos al guardia y un heladero de visita, juntaron ochocientos pesos. Santiago se calzó el uniforme, montó su bicicleta y partió en la última misión. Al llegar descubrió una casita humilde, sigilosamente pasó el sobre debajo de la puerta y se marchó. Al día siguiente, ya jubilado, Santiago no fue a trabajar, sus compañeros al abrir el saco del buzón, hallaron nuevamente una carta "para Dios" escrita por el mismo hombre; en su texto pudieron leer el siguiente mensaje: "Gracias señor por haber escuchado mi ruego. Mi hijo sanará. Eso sí, de los mil pesos que me mandaste sólo recibí ochocientos. Los otros doscientos se los deben haber robado en el correo".








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