jueves 13 de marzo de 2008

Autobiografía Burlesca II
Por Mark Twain


Luego, durante los doscientos años siguientes, el árbol genealógico de nuestra familia ostenta una sucesión de soldados, de individuos nobles y gallardos que iban al combate cantando, inmediátamente detrás del ejército y que siempre salían de la lid gritando delante de él. A principios del siglo XV tenemos al Bello Twain, llamado El Erudito. Tenía una letra muy hermosa, realmente hermosísima. Y era capaz de imitar tan bien la letra de cualquiera, que daban ganas de morirse de risa al verlo. Su talento le proporcionó innumerables ocasiones de divertirse. Más tarde fue contratado para picar piedras destinadas a una carretera, y la rudeza de este trabajo le estropeó el pulso. Con todo, disfrutó de la vida sin cesar mientras se dedicaba al negocio de las piedras, que, con pequeños intervalos, duró unos cuarenta y dos años. De hecho, murió en servicio activo. Durante todos esos largos años, su trabajo satisfizo tanto, que apenas terminaba un contrato semanal el gobierno le daba otro. Era todo un niño mimado. Y fue siempre un favorito de sus camaradas de arte y miembro destacado de su caritativa sociedad secreta, llamada La Cuadrilla de la Cadena. Usaba siempre el cabello corto, tenía preferencia por los trajes a rayas y su muerte fue lamentada por el gobierno. Constituyó una dolorosa pérdida para su país. Era tan regular ... Algunos años después tenemos al ilustre John Morgan Twain. John vino a estas tierras con Colón en 1492, en calidad de pasajero. Parece haber sido hombre de un temperamento rudo y desagradable. Se quejó de la comida durante todo el transcurso del viaje, Amenazando continuamente con bajar a tierra a menos que la cambiaran. Quería sábalo fresco. Todos los días vagabundeaba por la cubierta husmeando, burlándose del comandante y diciendo que, en su opinión, Colón no sabía adónde iba ni había estado jamás allí en otras oportunidades. El memorable grito de "¡Tierra!" hizo vibrar todos los corazones, menos el suyo. John miró durante algún tiempo a través de un fragmento de vidrio ahumado la línea dibujada sobre las aguas en la lejanía, y dijo:-¡Que me cuelguen si eso es tierra! ¡Es una balsa! Cuando este discutible pasajero subió a bordo, sólo trajo consigo un viejo periódico que contenía un pañuelo con las iniciales B. G., una media de algodón con las iniciales L. W. C., otra de lana con las iniciales D. F. y una camisa de noche con la marca O. M. R. Y con todo, durante la travesía, se preocupaba más de su baúl y se daba más ínfulas con ese motivo que todos los demás pasajeros juntos. Si el buque estaba inclinado a proa y no quería obedecer al timón, él se iba a mover su baúl más hacia popa y volvía luego a observar el efecto. Si el buque estaba inclinado a popa, le pedía a Colón que destacara algunos hombres a fin de cambiar de lugar ese equipaje. Cuando se producía una tempestad era necesario amordazarlo, porque sus lamentos con respecto a su baúl impedían que los marineros oyeran las órdenes. Al parecer, no se le imputó abiertamente acto indecoroso alguno, pero en el diario de navegación de a bordo se anota como circunstancia curiosa el hecho de que, a pesar de haber traído su equipaje a bordo envuelto en un periódico, lo llevó a tierra en cuatro baúles, un canasto de vajilla y un par de cestos de champaña. Pero cuando volvió e insinuó, con aire insolente y fanfarrón, que le faltaban algunas cosas y que se proponía registrar el equipaje de todos los demás pasajeros, esto ya excedió toda medida y fue arrojado al mar.