sábado 6 de septiembre de 2008

'ESTERILIDAD CAMPESINA'
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El Gumersindo le decía al dueño de la hacienda:
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Fíjese patroncito que juimos al dotor y le dije: mire dotor, es que tenemos un problema: mi mujer y yo queremos tener condescendencia y no podemos, pero no sabemos si es poque yo soy omnipotente o mi mujer es esmeril. Desdiantes juimos a otro dotor y nos dijo que mi mujer tenia la vajilla rota y la emperatriz subida, y como ademá la operaron de la basílica, no sabemos si eso tiene algo que ver. A mi desdiace años mi operaron de la protesta y a lo mejor eso me dejó escuelas en el cuerpo. Nos dijeron que jueramos con otro dotor, pero en la capital, que era muy güeno. Con dicirle que en la consulta tenía dos teles conetadas a una antena paranoica. En esa consulta, a mi mujer le hicieron una coreografía y el dotor nos dijo que no veia nada raro y nos recomendo que hiciéramos el cojito a diario .....Entonces por 15 días ella y 15 días yo, nos estuvimos haciendo los rengos, pero nada. Nos juimos a otro dotor que nos dijo que hiciéramos vida marítima mas seguido. Y nos juimos pallá, pa la costa y en todas las playas hicimos vida marítima, pero nada, eso no ha injluido. Mas bien yo lo que creo es que mi mujer es frigorífica, porque nunca llega al orégano, pero ella dice quesque lo que yo tengo es un problema de especulación atroz.
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¿Usté qué piensa patroncito..?
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ANÓNIMO

jueves 4 de septiembre de 2008

¡CORTADLE LA CABEZA!
Por Luis Bermer
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La plaza era una turba enajenada, sucia y vociferante, un mar embravecido por corrientes de odio. Y en su centro -como una isla de madera- se levantaba el cadalso. La guillotina ya estaba lista para la siguiente ejecución.
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-¡CORTADLE LA CABEZA! ¡CORTADLE LA CABEZA! –se escuchaba como un eco que iba y venía, entre otros de inhumana ferocidad.
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La muchedumbre apenas se abría para dar paso al carro tirado por caballos que se adentraba en la plaza. Con las manos atadas a la espalda y recostado en un lateral, el noble mantenía su mirada en la distancia, indiferente a la ventisca de insultos, frutas y huevos podridos que arreciaba sobre él. Los guardianes empujaban con sus lanzas a los exaltados que se acercaban al carro para escupirle en la cara, aunque muchos lo conseguían. Vio en lo alto al verdugo limpiarse las manos con un trapo, como un carnicero. Tenía el honor de ser el último ejecutado en este día de terror. Por el suplicio ya habían pasado sus cortesanos, sus amigos, sus familiares…a lo largo de las horas previas.
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Le habían obligado a contemplarlo todo.
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Lentamente, fue conducido por las escaleras hasta la plataforma de la guillotina. Aquello era un lodazal de sangre y el hedor le produjo arcadas que apenas pudo contener. Desvió la vista del montón de cuerpos amontonados a un lado, donde pronto caería el suyo. La sucia hoja de acero le pareció suspendida a increíble altura. Desde la lejanía se le había antojado más baja.
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La negra capucha del verdugo le preguntó:
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-¿Últimas palabras?
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El noble negó con un fugaz movimiento de cabeza; entonces fue cuando el experimentado verdugo le recostó -sin la menor ceremonia- sobre el tablón, para pasar a ajustar las piezas de la máquina que aprisionaron su cuello. Cerró los ojos y el griterío inundó sus oídos, su oscuridad.
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Una atmósfera de silencio expectante crecía acallando toda voz por encima del rumor. Quedaban segundos, lo sabía. Imaginaba al corpulento verdugo dirigiendo sus ojos invisibles a la masa, a un lado y luego hacia el otro, esperando el respeto de la mínima dignidad para el condenado y su muerte. El fin había llegado.
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Captó el segundo justo. Un crujido en la madera al accionar el mando. Una vibración grave y…
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Un clamor de júbilo reventó la plaza.
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La cabeza había caído en el cesto ensangrentado, junto a las demás.
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Hombres, mujeres y niños mostraban su obscena alegría. Había sido un día grande para ellos y, ahora que todo había acabado, se resistían a abandonar el lugar. Durante horas celebraron la muerte y las futuras muertes que estaban por llegar. De repente, entre la algarabía general, se alzó un coro de gritos aterrorizados que, desde la zona más próxima al cadalso, cruzó la plaza como un cuchillo.
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El bullicio cesó, y la atención se dirigió hacia el arco de plebe temblorosa que se iba formando en torno a la guillotina. Por el borde del cesto de cabezas habían surgido tres descomunales patas de tarántula. Otras dos salieron para agarrarse por el otro extremo; la gente retrocedió chillando y la masa se desplazó como un campo de trigo azotado por el viento. Poco a poco, la cabeza sangrienta del noble emergió, erguida sobre aquellas patas que nacían en su cuello seccionado.
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El terror convulsionó a los presentes de mil maneras, iniciando oleadas de pánico. Muchos corrieron desencajados, implorando al dios misericordioso, otros cayeron desmayados para ser pisoteados por los que huían, mientras algunos quedaron paralizados, movidos sólo por los empujones, observando lívidos como la cabeza descendía sobre la plataforma con un balanceo espasmódico en su cara.
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-Os espero abajo… –dijo entre espumajos sanguinolentos; su voz era un fuelle rasgado-…todos tenéis vuestro sitio abajo…TODOS…
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El caos inundó la plaza, un pozo de locura.
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Nadie recogió aquella cabeza de sonrisa grotesca.
Y sus ocho patas de tarántula.
LOS PÁJAROS DE MARÍA ANTONIA
Por Pedro Torrijos Muñoz

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La ciénaga lucía majestuosa, tendida bajo un cielo colmado de estrellitas, reflejadas sobre aguas tranquilas, titilantes, amontonadas como noctilucas de cristal. El viento era suave y tibio, con pocos torbellinos que apenas movían los penachos de juncos y lotos emergentes de los regatos y recodos, de igual forma, los buchones dispersos, que flotaban sobre el agua como globitos verdes, parecidos a duendecillos inflados. La madrugada sin luna, oscura, parecía silenciosa al inicio, luego perturbada, por susurros de espíritus mañaneros. El alba, era pura como la ciénaga, como el alma del pueblo...El amanecer estaba tenso, pesado como la desesperanza de los pobres, tristemente anunciado, por los últimos cantos de palomitas nocturnas, que se albergaban en los legendarios tacaloas, que daban a una esquina de la plaza, frente a la casa de María Antonia, quien sugestionada por sus lamentos, aseguraba que se trataba de la pavura de la muerte. Al instante, una ráfaga de aire frío penetraba las casas, que desde luego fueron invadidas por una bandada de pájaros negros, que irrumpieron de los mismos infiernos, emitiendo fuertes alaridos y un hedor que se esparció como éter, por todas partes, tan raros, que parecían el pelaje de la desgracia y la catadura de la mismísima muerte, tan destructores que en poco tiempo se cagaron todo, pisotearon la comida, dejaron sin pétalos a las rosas, saquearon las tumbas del cementerio, al tiempo que interrumpieron los cortejos y las ultimas copulas mañaneras.Roto el crisol de ensueños, se difundieron por las estancias, tomándose los mejores árboles, rompiendo nidos, devorando huevos y polluelos, en poco tiempo, terminaron ahuyentando a los pájaros nativos. Al tanto, que sus primeras víctimas fueron los cándidos mochuelos de los “Montes de María” a quienes cortaron sus picos de maíz, las intrépidas pavas congonas que quitaron sus congas, al vanidoso Cardenal Guajiro lo despojaron de su mitra, al soberbio Rey de los Gallinazos destronaron, de esta forma, agraviaron a todos los pájaros del pueblo, que al inicio opusieron resistencia, fácilmente fueron sometidos, puesto que sus picos eran muy cortos, no estaban habituados a grandes batallas, aunque algunas veces peleaban entre ellos, nunca se hacían daño, cuando algún pájaro robaba un nido, solo recibía un castigo justo, de ningún modo, quitarle la vida. Sus roles no era la destrucción, sino más bien el cantar, el danzar y construir sus propios destinos, bajo el peso y el vaivén de la vida; diferentes a aquellos pájaros negros, que solían armados con mortíferos picos largos, tan raros, que cuando cantaban, centelleaban como ráfagas de fuego, de cortos vuelos, que a veces actuaban como muñecos de plomo, con pensamientos raros; sin embargo, según Maria Antonia, por instantes dejaban ver su corazón, parecían tener algo de sentimientos, que luego hacía olvidar su condición de pájaros descarriados, en instantes terminaban inmersos en inmensas lagunas mentales que borraban de sus recuerdos los lamentos, el boqueo y pataleo de sus victimas en momentos de la muerte; más bien, como niños hambrientos, alucinaban, una lluvia de caramelo, como jóvenes soñadores, construir una casa en el aire, como centauros majestuosos, cantar sobres las nubes con el jilguero, como “padres de la Patria”, ser ejemplo del pueblo y quizás, como María Antonia, algún día, cantar en el cielo...En el transcurso de la noche fría, silenciosa y oscura, apareció en el pueblo otra bandada de pajarracos, copetones, acicalados y camuflados con plumajes aceitunos, con fuertes picos diamantinos, con ojos de luna llena, como búhos dorados, con garras penetrantes, similares en la forma de volar a los pájaros negros; pero distintos en pensamientos. En la misma noche, al final de la madrugada tempestuosa, volvió la guerra al pueblo, otra vez, estalló la contienda entre pájaros horrendos. Tanto fue el odio, como la ira con que pelearon, que en poco tiempo, cayeron millones por bandos, tantos fueron los muertos, que con su sangre derramada, la ciénaga y cielo amanecieron de carmesí. Fue la alborada más sangrienta en la historia de los pájaros, según memoria de María Antonia, más grande que el derrame de sangre de todos los dinosaurios, el día de su desgracia, tan grande como el odio heredado de la indiferencia en este país, tal vez, como la desesperanza de los pájaros caídos en desgracia por la guerra, enjaulados en las selvas, ni siquiera pueden volar ni cantar, porque sus picos están cerrados y sus alas cercenadas, heridos, como la misma patria...La tarde se tornó gris, taciturna, sutilmente silenciosa, apenas interrumpida por los últimos aleteos y susurros de los pájaros que yacían mortalmente heridos, casi en brazos de la muerte, al tiempo que, una llovizna lavaba las manchas de sangre impregnadas en la vegetación y los techos de las casas, luego, repentinamente apareció el viento y con él, un manto de nubes negras, nuevamente, con la tempestad, reapareció el fuego. En ese instante, ambos grupos optaron como estrategia de guerra, alternar el fuego con una “lluvia de caca”, tan grande como la lluvia de verdad, que alcanzó una película de pulgada y media, por encima se formaron torrentes de sanguaza, por donde corrían despojos, que nuevamente invadieron la ciénaga de tan macabra pestilencia...Al día siguiente, el sol amaneció radiante y tibio, estampando en los techos de las casas un tapiz pétreo, resultado de la aleación de mierda y sangre evaporada, que por momentos semejaban estancias coloniales. Mientras tanto, más allá del horizonte, arreciaban los combates, con ellos los horrores de la guerra entre pájaros, fue tanto el rencor, que María Antonia, por momentos pensó que se trataba de mutantes humanos, jamás podía entender, la razón de quitar el pico a los tucanes, para destrozar a sus propios hermanos, como si se tratara de árboles inservibles, saquear sus nidos y asesinar sus indefensos polluelos, desterrarlos de sus propios árboles donde guardaban sus pocas ilusiones, prohibirles sus bellos cantos que legaron de sus antepasados, así mismo, su rituales, sus cortejos y sus danzas, profanar sus tumbas, donde guardaban sus propios recuerdos, pero quizás, no les quitaron el alma, porque también, según María Antonia, el espíritu de los humildes tiene dueño...Después de varios días de intensas luchas, con unos y otros ejércitos gastados, tal vez desilusionados por una contienda inútil y quizás pávidos por los fantasmas de sus víctimas, los que veían en las noches oscuras, a los que escuchaban en los atardeceres como cigarras impávidas, verlos dibujados como nubes de plomo en pleno día, entender en sus fúnebres cantos, la revelación de sus propias desgracias, nadar en sus lagrimas, en momentos, comprender su igual condición de pájaros, hasta olvidar por completo estar en guerra...La mañana fue mágica, adornada con un sol radiante, parecido a un inmenso globo de oro, que emergía de las crestas de las montañas, con rayos resplandecientes, que resaltaban la cabellera de nieve de María Antonia, reflejada en las siluetas de palmares, que juntas se estremecían con el vaivén del viento. Ese día, según la misma María Antonia, algo inesperado iba ha suceder, pues bien, así ocurrió, en la misma tarde, nuevamente aparecieron los pájaros, pero esta vez, al unísono implorando un alto al fuego, que resonó por las montañas, por momentos dejó duda en las contiendas; pero esta vez, pudo más la razón que la desconfianza, así como el valor arrancado de sus propios recuerdos, del dolor dejado por heridas tan profundas y la sangre derramada por todos los pájaros aniquilados. Ese día, tal como lo predijo María Antonia, iniciaron los diálogos de paz...Era una tarde de ensueños, apenas María Antonia preparaba la cena, cuando ocurrió tan anhelado encuentro, los pocos pájaros que quedaron, lograron un acuerdo, depusieron sus armas. Varios quedaron descolados, con sus picos partidos, ojos averiados, alas recortadas, con poca libertad para volar, con poca ilusión para cantar y con el corazón y el alma profundamente heridos. En la mañana, cuando apenas rayaba el día, aparecieron en la plaza, al lado del tronco de un legendario tacaloa que había sido talado, abrieron y batieron sus alas como un cortejo casi olvidado, entonaron el “amor-amor” del sinsonte, danzaron al ritmo del chagüí-chagüí y de la pava congona, ese día, en verdad, hicieron lo que ellos saben hacer, cantar, danzar, lucir sus penachos y plumajes de distintos colores, sin importar ser negros, blancos, amarillos, homosexuales, cola-hediondas, habaos, copetones, pobres, ricos, liberales, comunistas, conservadores, machos, hembras, viejos, jóvenes, ateos o creyentes, porque ellos, no conocen la indiferencia...Ese mismo día volvieron a casa de María Antonia, la matrona quien los vio nacer y crecer, al llegar al patio de la vieja casa, se acordaron que antes de la guerra, en momentos de crisis, ella daba granitos de millo a los mochuelos, maíz a las torcazas, guardaba bayas y drupas a tángaras y azulejos, prestaba el jardín a tominejos, sus árboles de caracolí a los toches y oropéndolas, donde hacían sus mochileras, a veces alucinaba con los pájaros sobre su cabeza, comiendo sus propios piojos. Luego, nuevamente batieron sus alas, cantaron y danzaron sobre la estancia, al verla con su bata de tercio pelo rota, agraviada también por la guerra, por momentos navegaron en la incertidumbre, pero ella, con la misma dulzura de siempre, les sonrió diciéndoles _ya lo sabía, que hambre vieja no es pendeja, aquí tenían que volver_ todos ellos sintieron vergüenza, pero ella se adelantó insinuándoles _ no se preocupen, ahora todo es borrón y cuenta nueva...
¿QUE MAMARRACHO, MÁS MARRACHO!
Por Diego García

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No entendía un “soroco”, y para colmo tenía enormes faltas de ortografía. Vah, en realidad de gramática.-Dale abu, lee- me decía una y otra y otra vez mi nieto de solo seis años. Era al que más tenía que complacer de todos porque era el más chiquito. Después le seguía Juana que ya está un poco crecida, tiene cuarenta. Y si, bueno, mi última hija lo tuve a los diez y seis años. Fue un embarazo muy doloroso. Digo, porque mi papá me daba con el cinturón. “¿Cómo te fuiste a tener un hijo con ese chico?” me decía. Y bueno, las cosas pasan. Mi primer hija la tuve… la tuve… haber espérenme un segundito… ¡Ah sí!, la tuve a los diez y seis años. Ese si que fue un embarazo doloroso, no lo podrán creer, ¡lo que me pegaba mi papá! Es que en aquella época eras un monstruo si tenías un bebe a los dieciséis. Imagínense, una de treinta que tiene un bebe a esa edad ya es normal, en cambio yo a esa edad, quedaba como una de treinta. Bueno, la cuestión es que mi nietito me insistía todo el día para que lea ese cuento. Por su puesto que se leer, pero como les dije, a ese cuento le faltaban todos los signos de puntuación. Lo que pasa que al nene en la escuela le comenzaron a enseñar los textos en los que eran narrados por primeras personas. ¡Lo que fue el cuento narrado en tercera persona!, imagínense lo que sería este. Pero ¡bueh!, no siempre es todo fácil en la vida y por lo tanto, fue difícil, pero lo hice… Le dije que no.-Dale abue, dale- me decía esta vez. Podrán notar como ya había sumado la letra “e” a la abreviatura “abu”, eso era porque me quería cada vez un poquito más, y se enojaba un poquito menos. Claro, pero yo no podí… ¡Ah, por eso no se rieron!, yo dije, ¿Cómo puede ser? Lo que pasa es que lo dije al revés, era porque me quería cada vez un poquito menos, y se enojaba un poquito más. Pero, como les decía, eso era un tremendo mamarracho, que con mis anteojos de cuarta, no se iba a poder leer. Y claro, su madre, mi hija, era una reventada. Desde chiquita yo le di todo: un hogar para que viva, una radio para que escuche, juguetes para que juegue, y el primer teléfono de la cuadra. Ahora, con la excusa de “los tiempos han cambiado”, me dio un departamento en el piso veintidós (en el que me dice que suba por un ascensor, que dice que es como un subibaja, pero parado, que la verdad que nunca lo usé porque tengo miedo que tenga que pagar). Me dio también una caja negra y cuadrada, donde dice que se ven imágenes y todo eso, pero… ¡yo que sé, vieron! Además viene cada vez con una mas grande, hasta que la vez pasada me trajo una que es como una puerta de lo finita que es. Otra cosa que me dio es otra caja que la puso arriba de la mesa, blanca y con luces y sonidos de disparos (por lo que veo cuando la usan los chiquitos), que no se como “soroco” prenderla. Y por último, en reemplazo del teléfono que le había regalado yo, me dio una cosa con la que puedo mandar “sms” (como dice ella), y llamarla donde quiera que valla. Y para colmo tengo que aguantarla decir: “Y si no, ‘chatiemos’ por el ‘Messenger’”, como si yo supiera lo que es, ¿Por qué no le lee ella por esa cosa al hijo?Pero al final aflojé. Y si, tenía que hacerlo, sino hubiera estado todos los días escuchando replicas por todos lados… Hablo por lo de tener todas esa cosas en la casa, no por lo del nene. ¡NO!, nadie me iba a obligar a leer ese cuentito “berreta”, asqueroso e inmundo, que ni siquiera lo había escrito bien, porque le faltaban todos los signos de puntuación. Y no, no salió como la abuela, una perfecta escritora, seguro salió a su primo, “el de la otra familia”, el sobrino de mi yerno. Ese sí que era un caprichoso.-Dale abuel, por favor- insistía mi nene. Y con esa cara ya no podía decir más que no… ¿Y otro día?, PENSE decirle, pero era mucho arriesgarse. Si su papá se enterara de que me había dicho la palabra abuela completa, se me venia un lío tremendo. Tomé tranquila los anteojos, abrí la tapa de porquería que había hecho, y comencé a leer, tratando de entender algo de lo que decía: “Una mañana de otoño, los perros contaban, las madres meaban en la vereda, mientras los locos los miraban por la ventana”. Como seguro que les paso a ustedes, debieron de darse cuenta de que no hay coherencia en este cuento humillante para la familia: ¿Cómo si la cosigna era escribir una historia narrada en primera persona, esta esté en tercera? Volví a releerlo, sacando otra conclusión, la cual no creo que se hayan dado cuenta, de la cual me surgieron cuatro preguntas: ¿Los perros saben contar?, ¿Podrían las madres mear en la vereda?, ¿A caso la maestra estaba loca?, y ¿Qué es esa expresión de desconcierto en la cara de mi nieto? Al fin y al cabo los únicos coherentes del texto parecen los locos.-No abue, las comas van acá, acá y acá- me dijo señalando algunos lugares en el texto. Ahora, yo me pregunto, ¿Por qué no las escribió y no había tanto lío?Volví a leer: “Una mañana de otoño, los perros, contaban las madres, meaban en la vereda, mientras los locos los miraban por la ventana”. Obviamente, esto ahora sí tenía coherencia. Como no tenía nada de ganas de leer, le pedí que por favor no me moleste más, ya que me sentía un poco mal. -Bueno abu, está bien. Mamá ya debe estar por venir a buscarme.-Bueno hijo, andá. Pero antes aclárame una duda que tengo. Una hija la tuve a los dieciséis, ¿No? Mi pregunta es, ¿tengo otra?...-Creo que te voy a aclarar algunas dudas. Primero, tu hija no es mi madre. Segundo, el cuento no es de la familia, ni tampoco lo escribió tu nieto, es el cuento de Caperucita Roja. Tercero, no tiene faltas de ortografía, lo que pasa es que tus audífonos no funcionan, y cuarto, y por último, no soy tu nieto, soy el hombre encargado de los viejos de este geriátrico, abuela.-¡No!, ¡abuela no!, si llega enterarse tu papá, me mata…