Por Robert Fornés
.
Todas las mañanas, Enrique tenía por costumbre bajar a aquella vieja cafetería de la esquina. Allí molían el café en un molino artesano, situado en un extremo de la barra, provocando una mezcla de aromas intensos, torrefactos, que en su fusión con el habitual catálogo de pequeños ruidos y tintineos, creaban una estampa genuina, irrepetible. Para él era un placer permanecer suspendido por sus cuatro percepciones sensoriales, para atender exclusivamente a aquella sinfonía de cucharillas, pequeños choques de porcelana, cristal y metal, susurros, plácidos sorbos cafeinados, y una extensa y colorida variedad de placeres sensitivos.
.
Sí, a Enrique definitivamente le gustaba aquella cafetería. Hacía varios años que iba allí, conocía a los dueños, un adorable matrimonio de edad madura. Ella sobresaliente por su olor a fresas, siempre y desde primera hora de la mañana, él sobresaliente por la calidez y firmeza de sus manos cuando se las ofrecía a modo de sincero saludo.
Sí, a Enrique definitivamente le gustaba aquella cafetería. Hacía varios años que iba allí, conocía a los dueños, un adorable matrimonio de edad madura. Ella sobresaliente por su olor a fresas, siempre y desde primera hora de la mañana, él sobresaliente por la calidez y firmeza de sus manos cuando se las ofrecía a modo de sincero saludo.
.
Al ser ciego de nacimiento, Enrique desarrollaba un mundo de percepciones radicalmente diferente a las del resto de personas. Él no sabía nada de atractivos visuales, de resultonas combinaciones de colores, ni de nada de eso. A él le bastaba percibir un aroma, oír el timbre de una voz, escrutar el tacto de las cosas, su gusto, le bastaba y le sobraba con todo eso, porque además estaba seguro, cosa de la que yo también participo, que su visión del mundo era mucho más rica y variada, libre de las convencionales ataduras visuales.
Al ser ciego de nacimiento, Enrique desarrollaba un mundo de percepciones radicalmente diferente a las del resto de personas. Él no sabía nada de atractivos visuales, de resultonas combinaciones de colores, ni de nada de eso. A él le bastaba percibir un aroma, oír el timbre de una voz, escrutar el tacto de las cosas, su gusto, le bastaba y le sobraba con todo eso, porque además estaba seguro, cosa de la que yo también participo, que su visión del mundo era mucho más rica y variada, libre de las convencionales ataduras visuales.
.
Una mañana de primavera, en la que los pajarillos habían decidido ofrecer un pequeño concierto "a capella" en plena calle, y los cabreados conductores hoy no lo eran tanto y por suerte no utilizaban las bocinas de sus coches como pequeños arietes sonoros, Enrique dirigió sus pasos a la cafetería para tomar su primer "ristretto", corto, amargo y sabroso. Ocupó su mesa habitual, a un par de metros de la entrada y a tres pasos contados de la parte central de la barra. Pidió su café y se preparó para deleitarse con la paleta diaria de aromas y sonidos. Pasaron varios minutos de goce perceptivo, cuando escuchó la campanilla que anuncia un nuevo cliente entrando en el local...
Una mañana de primavera, en la que los pajarillos habían decidido ofrecer un pequeño concierto "a capella" en plena calle, y los cabreados conductores hoy no lo eran tanto y por suerte no utilizaban las bocinas de sus coches como pequeños arietes sonoros, Enrique dirigió sus pasos a la cafetería para tomar su primer "ristretto", corto, amargo y sabroso. Ocupó su mesa habitual, a un par de metros de la entrada y a tres pasos contados de la parte central de la barra. Pidió su café y se preparó para deleitarse con la paleta diaria de aromas y sonidos. Pasaron varios minutos de goce perceptivo, cuando escuchó la campanilla que anuncia un nuevo cliente entrando en el local...
.
El tintineo de aquella campanita dio paso a un ritmo acompasado de tacones, claramente femenino-toc toc toc toc-a un suave aroma a jazmín y a un dulce, irresistible "Buenos días" dedicado a los dueños de aquel local, y por extensión, a todo aquel que quisiera escucharlo.
El tintineo de aquella campanita dio paso a un ritmo acompasado de tacones, claramente femenino-toc toc toc toc-a un suave aroma a jazmín y a un dulce, irresistible "Buenos días" dedicado a los dueños de aquel local, y por extensión, a todo aquel que quisiera escucharlo.
.
Durante todo ese lapso de tiempo, Enrique bloqueó todas las sensaciones restantes para centrarse en lo que percibía de aquella mujer, que le pareció de una dulzura extraordinaria por sus suaves palabras, sus potentes silencios, su forma de mover la cucharilla rítmicamente al mezclar el azúcar del café...
Durante todo ese lapso de tiempo, Enrique bloqueó todas las sensaciones restantes para centrarse en lo que percibía de aquella mujer, que le pareció de una dulzura extraordinaria por sus suaves palabras, sus potentes silencios, su forma de mover la cucharilla rítmicamente al mezclar el azúcar del café...
.
Pasaron los días, y Enrique estableció una cita imaginaria con aquella mujer. Ella, sin tener ni idea de este secreto acuerdo, acudía a esa cita día tras día, sin falta. Todas las mañanas Enrique tomaba asiento en su privilegiado palco y se deleitaba con su dosis de dulzura femenina. Ella por su parte no faltaba, acudiendo al café con su maleta de extraordinarias perlas sensitivas...
Pasaron los días, y Enrique estableció una cita imaginaria con aquella mujer. Ella, sin tener ni idea de este secreto acuerdo, acudía a esa cita día tras día, sin falta. Todas las mañanas Enrique tomaba asiento en su privilegiado palco y se deleitaba con su dosis de dulzura femenina. Ella por su parte no faltaba, acudiendo al café con su maleta de extraordinarias perlas sensitivas...
.
Después de un par de meses, a él se le había hecho irresistible deleitarse con ese aroma a jazmín, sus rítmicos taconeos y sus dulces "buenos días". De hecho, había tomado la decisión de retrasar diez minutos la apertura de su pequeño taller de marquetería, para despedir sin palabras a aquella mujer. En realidad aquello no importaba demasiado, en el barrio Enrique era conocido por sus excepcionales trabajos de taracea, sus incrustaciones milimétricas y sus labradas obras de arte en madera, no se lo tendrían en cuenta...
Después de un par de meses, a él se le había hecho irresistible deleitarse con ese aroma a jazmín, sus rítmicos taconeos y sus dulces "buenos días". De hecho, había tomado la decisión de retrasar diez minutos la apertura de su pequeño taller de marquetería, para despedir sin palabras a aquella mujer. En realidad aquello no importaba demasiado, en el barrio Enrique era conocido por sus excepcionales trabajos de taracea, sus incrustaciones milimétricas y sus labradas obras de arte en madera, no se lo tendrían en cuenta...
.
Aquella mujer había asaltado definitivamente la vida de Enrique. Su aroma había bloqueado cualquier resistencia de él, el ritmo de sus tacones lo había embrujado, haciendo cobrar todo el sentido a las notas de Don Manuel de Falla, que tantas veces había escuchado por las noches, en la tranquilidad de su casa, para evocar el ritmo de aquellos pasos...
Aquella mujer había asaltado definitivamente la vida de Enrique. Su aroma había bloqueado cualquier resistencia de él, el ritmo de sus tacones lo había embrujado, haciendo cobrar todo el sentido a las notas de Don Manuel de Falla, que tantas veces había escuchado por las noches, en la tranquilidad de su casa, para evocar el ritmo de aquellos pasos...
.
Enrique deseaba con fervor que aquello fuese real. Anhelaba su contacto, sus idas, sus venidas. En ocasiones, cegado por su pasión, y llevado por una oleada de pesimismo, creía que, en realidad, aquella posibilidad sencillamente no podía existir. No era posible bajo ningún concepto que aquella excepcional mujer se fijase en él, por mucho que en sus ensoñaciones la hubiese hecho princesa y reina, irresistible pirata de los siete mares, ángel y demonio, cielo e infierno. No, pensó para sí, éste será para siempre mi pequeño secreto. Nada ni nadie me quitará esta ilusión, la guardaré para mí, ella nunca sabrá, nunca sabrá...
Enrique deseaba con fervor que aquello fuese real. Anhelaba su contacto, sus idas, sus venidas. En ocasiones, cegado por su pasión, y llevado por una oleada de pesimismo, creía que, en realidad, aquella posibilidad sencillamente no podía existir. No era posible bajo ningún concepto que aquella excepcional mujer se fijase en él, por mucho que en sus ensoñaciones la hubiese hecho princesa y reina, irresistible pirata de los siete mares, ángel y demonio, cielo e infierno. No, pensó para sí, éste será para siempre mi pequeño secreto. Nada ni nadie me quitará esta ilusión, la guardaré para mí, ella nunca sabrá, nunca sabrá...
.
Así transcurrieron días, semanas, corrió el tiempo, en el que disfrutaba y sufría por partes iguales. Ella era su amor platónico, sereno, irracional, eso nadie se lo iba a quitar, pero el mismo tiempo le quemaba el alma por no poder decirle, confesarle, sincerarse, compartir con ella todo lo mucho y bueno que su corazón le quería ofrecer...
Así transcurrieron días, semanas, corrió el tiempo, en el que disfrutaba y sufría por partes iguales. Ella era su amor platónico, sereno, irracional, eso nadie se lo iba a quitar, pero el mismo tiempo le quemaba el alma por no poder decirle, confesarle, sincerarse, compartir con ella todo lo mucho y bueno que su corazón le quería ofrecer...
.
Como ocurre siempre, la vida es una avenida de ida y vuelta. Enrique tampoco sabía en aquellos momentos que Lucía se había enamorado de él desde el primer día. Aquella mezcla de aromas a sándalo, madera vieja y cola adhesiva que él desprendía, era razón suficiente por la que ella acudía diariamente a su cita con el café, y sucintamente, con él; se estremecía cada vez que él, con su voz potente pero queda, pedía su "ristretto", acercándose a ella de forma irremediable, mientras transitaba hacia la barra. Enrique tampoco sabía que ella lo había hecho rey de su cálido reino de rosada piel, protagonista de su novela de aventuras y centro de su universo.
Como ocurre siempre, la vida es una avenida de ida y vuelta. Enrique tampoco sabía en aquellos momentos que Lucía se había enamorado de él desde el primer día. Aquella mezcla de aromas a sándalo, madera vieja y cola adhesiva que él desprendía, era razón suficiente por la que ella acudía diariamente a su cita con el café, y sucintamente, con él; se estremecía cada vez que él, con su voz potente pero queda, pedía su "ristretto", acercándose a ella de forma irremediable, mientras transitaba hacia la barra. Enrique tampoco sabía que ella lo había hecho rey de su cálido reino de rosada piel, protagonista de su novela de aventuras y centro de su universo.
.
Tampoco supo en aquel momento que Lucía también era invidente, y que, al igual que él, se regía por otros códigos, imperceptibles para el resto de las personas, pero no para ellos...
Tampoco supo en aquel momento que Lucía también era invidente, y que, al igual que él, se regía por otros códigos, imperceptibles para el resto de las personas, pero no para ellos...
.
.
Dedicado a todos aquellos que creen con los ojos cerrados.








0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada