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EMBEBECIDA
Josefina es magnífica. Tiene una onda, entre hippie y punk, que me cautiva desde que la conocí. Sensual e inocente a la vez.
Pero, posee otra característica: se evade completamente. Aunque estemos en una reunión animada, o en el cine, o viajando en tren, si un pensamiento, un recuerdo, la asaltan, pierde noción del entorno. Su grado de abstracción en esos trances es tal, que no hay ruido ni circunstancia que la quiten del eclipse mental.
Una vez me dijo que se estaba acordando de un viaje que hizo a Córdoba, exactamente a Capilla del Monte, a fin de conocer el cerro Uritorco. No terminó de contarlo que empezó a diluirse. Aunque intenté retenerla, (hasta le grité), terminó por evaporarse.
Tuve que partir con lo puesto, en el primer micro que salía de Retiro rumbo a la provincia mediterránea.
La encontré al amanecer, sentada sobre una piedra redonda, en medio del arroyo que circunda el monte mítico. Casi transparente, sonreía deleitada por el paisaje, me dio uno de sus besos tiernos, y, como si todo el asunto no mereciera explicación alguna, inquirió: “¿me trajiste un abrigo?”
Josefina es magnífica. Tiene una onda, entre hippie y punk, que me cautiva desde que la conocí. Sensual e inocente a la vez.
Pero, posee otra característica: se evade completamente. Aunque estemos en una reunión animada, o en el cine, o viajando en tren, si un pensamiento, un recuerdo, la asaltan, pierde noción del entorno. Su grado de abstracción en esos trances es tal, que no hay ruido ni circunstancia que la quiten del eclipse mental.
Una vez me dijo que se estaba acordando de un viaje que hizo a Córdoba, exactamente a Capilla del Monte, a fin de conocer el cerro Uritorco. No terminó de contarlo que empezó a diluirse. Aunque intenté retenerla, (hasta le grité), terminó por evaporarse.
Tuve que partir con lo puesto, en el primer micro que salía de Retiro rumbo a la provincia mediterránea.
La encontré al amanecer, sentada sobre una piedra redonda, en medio del arroyo que circunda el monte mítico. Casi transparente, sonreía deleitada por el paisaje, me dio uno de sus besos tiernos, y, como si todo el asunto no mereciera explicación alguna, inquirió: “¿me trajiste un abrigo?”









buenísimo, microcuento ágil, expedito, sin ripios y remate imprevisto...
ResponderSuprimirconjugo el verbo "gustar" y la forma átona del pronombre personal, primera persona singular, es decir, ME GUSTA
Ro
gracias amiga por publicarlo y hacer el comentario, abrazo
ResponderSuprimirhaz la difusión de este blog para que tus amig@s lo comenten... bs, Ro
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