EXTENSA LUNA DE MIEL
Llevaban más de una semana de intensa vida marital, en su condición de recién casados. Diferentes pueblos y lugares acogían su mutuo entusiasmo para consumar el amor.
El mapa rutero, unido a las excelentes condiciones mecánicas de su 4 x 4, favorecían la inolvidable expedición, que les permitía conocer lugares de día y paisajes de placer por las noches.
La señal ética les indicó que si doblaban a la derecha llegarían a Celeste. El nombre les hizo gracia, sin sospechar que no era una alusión al tono de azul.
Tras una hora de viaje, visualizaron el pueblo al otro lado del río. Aprontábanse a ingresar al largo puente, cuando el vehículo se detuvo. Raúl abrió el capot. La manguera que alimentaba al motor se había desconectado. Recurrió a su teléfono celular. No había señal. Contrariados por el percance, esperaron la presencia de otros viajeros, para solicitar ayuda. Inútil espera los obligó a encaminarse hacia el pueblo.
La ausencia de personas, la atribuyeron al domingo de mediodía. No se advertían vehículos en las calles, ni establecimientos comerciales abiertos.
Una flecha indicaba la izquierda. Perfectas letras mayúsculas anunciaban la industria CELULOSA ESTE, sin la más leve manifestación de ruido o de humo.
El campanario, les sirvió de referencia para presumir la existencia de la plaza, la que vacía y escasa de sombra, les recibió con la sola presencia de un caballo apostado fuera de la iglesia parroquial. Buena señal ante tanta soledad. Ingresaron con respeto. Después que las pupilas se acomodaron a la escasa luz interior, observaron al sacerdote que oficiaba misa a dos personas. Terminada la ceremonia, se acercaron a saludar al párroco, que les presentó a la pareja de ancianos, como cuidadores de la iglesia y del pueblo. Natalia y Raúl relataron la inconfortable situación en que se encontraban y la ayuda que requerían. El señor cura les explicó que la industria había paralizado su producción hacía tres años y que el pueblo tenía sólo dos habitantes, a quienes visitaba una vez al mes, les hacía misa y proveía de alimentos.
Raúl fue autorizado por el sacerdote para subir al campanario. Vanamente intento hablar por teléfono. Desde la altura, lo único que alcanzó a divisar en movimiento fue a la pareja de ancianos que ingresaban a una vivienda a dos cuadras de distancia. Al bajar, contempló a Natalia que imploraba arrodillada a una imagen de San Cristóbal. En un trozo de papel usado, que le facilitó el sacerdote, Raúl escribió sus datos personales y los de su joven esposa, los nombres y números telefónicos de sus padres, tres amigos y la aseguradora. El sacerdote guardó el papel y los invitó a almorzar. Después de la bendición, cinco comensales degustaron el frugal almuerzo.
Cabalgando se fue el sacerdote, quien les aseguró que en unas cuatro horas recibirían ayuda. A cada rato contemplaban el reloj. Gastaron tiempo y redujeron la angustia recorriendo el pueblo abandonado. Se aproximaron a la industria y vieron una larga chimenea que poseía una escala adosada. A pesar de la oposición de Natalia, Raúl subió unos veinte metros. El celular no recibió respuesta. A punto de guardar el teléfono, la chimenea crujió y osciló levemente. El susto le hizo soltar el teléfono para cogerse del peldaño con las dos manos. Angustiada Natalia contempló la escena y a gritos le pidió que bajara con cuidado. No supieron más del celular.
Pasaron más de cinco horas y nada cruzó el puente. Inducidos por el hambre y la sed, decidieron volver a casa de los ancianos. En vano los buscaron por todas partes. Sobre el lavaplatos la loza recién lavada testimoniaba que cinco personas habían almorzado, sin embargo la cocina a leña, no tenía vestigios de fuego y estaba desprovista de ceniza. Salieron al patio y gritaron “aló” varias veces. Sin hablar el joven matrimonio cayó en cuenta que en ningún momento se preocuparon por los nombres del sacerdote y los ancianos. Volvieron a la calle y comenzaron a gritar con desesperación. Avanzaron tres cuadras para tener la visión del puente. Sus rostros se desfiguraron. Al otro lado del viaducto, una grúa móvil se alejaba arrastrando a la 4 x 4. Corrieron y gritaron a más no poder y todo quedó en silencio y soledad.
Acompañada de nubes se acercaba la noche. Por seguridad volvieron a la casa de los viejujos. Tenían esperanzas que hubieran regresado. La loza ya no estaba sobre el lavaplatos. Exclamaron inútiles gritos. Sacaron agua fresca del pozo profundo. Bebieron con ansias. Se asearon para sacarse el polvo y el cansancio. En penumbras buscaron velas y fósforos. Nada había para iluminar la espera. A tientas se dirigieron al dormitorio del fondo, donde habían visto una cama acompañada de un par de frazadas perfectamente dobladas. Curiosa, Natalia abrió el ropero. Al tacto encontró un juego de sábanas. Entre los dos tendieron la cama y se entregaron al sueño.
El deseo incontenible de orinar, despertó a Natalia cuando ya había amanecido. Se incorporó con dificultad. Tenía demasiado cansancio. Se sorprendió al observar sus rodillas tan huesudas. Sus muslos ajados le parecieron ajenos a su persona. Arrastrando los pies sobre un suelo demasiado empolvado, se encaminó hacia el baño. De la taza del excusado sin agua escapó una araña. Considerando su urgencia, Natalia lo consideró como un detalle menor y vació con satisfacción su repleta vejiga. Se palpó las rodillas. Introdujo sus manos bajo la polera y tocó sus pechos fláccidos y alargados. No encontró con que limpiarse. Alzó su pantaleta floreada y se acercó al lavamanos sobre el cual por el marco se presumía la existencia del espejo. Usando sus dedos izquierdos, a modo de limpiaparabrisas, sacó parcialmente el polvo adherido al espejo. Un grito de espantó exhaló Natalia al verse observada por una decrépita anciana. El espejo cayó sobre el lavamanos y de ahí al suelo.
Raúl despertó desconcertado. Se incorporó con dificultad y se sobresaltó al observar la miseria del dormitorio. De las cortinas no quedaba nada y desde el cielo raso colgaban varias tablas, que se había desclavado parcialmente.
Dos ancianos, encorvados y afirmados mutuamente se dirigieron por el laberinto de calles en busca de la iglesia. Con dificultad alzaban la cabeza para intentar visualizar el campanario. No observaban nada. La sed les había quitado toda intención de hablar.
Después de dos cuadras de martirio, Natalia descubrió recientes huellas dejadas por herraduras de caballo. Dejaron de buscar el campanario y siguieron las huellas que iban al puente. Por fin la esquiva fortuna les regalaba algo.
Dos días después, en la ciudad ribereña, sesenta kilómetros más abajo, fueron rescatados sin vida los cuerpos de una pareja de ancianos vistiendo un modelo de pantalones demasiado anticuado, y que según expertos en moda había sido utilizado por jóvenes, hacía más de medio siglo.










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