jueves 25 de junio de 2009

El aroma del café
Por Robert Fornés

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Todas las mañanas, Enrique tenía por costumbre bajar a aquella vieja cafetería de la esquina. Allí molían el café en un molino artesano, situado en un extremo de la barra, provocando una mezcla de aromas intensos, torrefactos, que en su fusión con el habitual catálogo de pequeños ruidos y tintineos, creaban una estampa genuina, irrepetible. Para él era un placer permanecer suspendido por sus cuatro percepciones sensoriales, para atender exclusivamente a aquella sinfonía de cucharillas, pequeños choques de porcelana, cristal y metal, susurros, plácidos sorbos cafeinados, y una extensa y colorida variedad de placeres sensitivos.
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Sí, a Enrique definitivamente le gustaba aquella cafetería. Hacía varios años que iba allí, conocía a los dueños, un adorable matrimonio de edad madura. Ella sobresaliente por su olor a fresas, siempre y desde primera hora de la mañana, él sobresaliente por la calidez y firmeza de sus manos cuando se las ofrecía a modo de sincero saludo.
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Al ser ciego de nacimiento, Enrique desarrollaba un mundo de percepciones radicalmente diferente a las del resto de personas. Él no sabía nada de atractivos visuales, de resultonas combinaciones de colores, ni de nada de eso. A él le bastaba percibir un aroma, oír el timbre de una voz, escrutar el tacto de las cosas, su gusto, le bastaba y le sobraba con todo eso, porque además estaba seguro, cosa de la que yo también participo, que su visión del mundo era mucho más rica y variada, libre de las convencionales ataduras visuales.
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Una mañana de primavera, en la que los pajarillos habían decidido ofrecer un pequeño concierto "a capella" en plena calle, y los cabreados conductores hoy no lo eran tanto y por suerte no utilizaban las bocinas de sus coches como pequeños arietes sonoros, Enrique dirigió sus pasos a la cafetería para tomar su primer "ristretto", corto, amargo y sabroso. Ocupó su mesa habitual, a un par de metros de la entrada y a tres pasos contados de la parte central de la barra. Pidió su café y se preparó para deleitarse con la paleta diaria de aromas y sonidos. Pasaron varios minutos de goce perceptivo, cuando escuchó la campanilla que anuncia un nuevo cliente entrando en el local...
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El tintineo de aquella campanita dio paso a un ritmo acompasado de tacones, claramente femenino-toc toc toc toc-a un suave aroma a jazmín y a un dulce, irresistible "Buenos días" dedicado a los dueños de aquel local, y por extensión, a todo aquel que quisiera escucharlo.
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Durante todo ese lapso de tiempo, Enrique bloqueó todas las sensaciones restantes para centrarse en lo que percibía de aquella mujer, que le pareció de una dulzura extraordinaria por sus suaves palabras, sus potentes silencios, su forma de mover la cucharilla rítmicamente al mezclar el azúcar del café...
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Pasaron los días, y Enrique estableció una cita imaginaria con aquella mujer. Ella, sin tener ni idea de este secreto acuerdo, acudía a esa cita día tras día, sin falta. Todas las mañanas Enrique tomaba asiento en su privilegiado palco y se deleitaba con su dosis de dulzura femenina. Ella por su parte no faltaba, acudiendo al café con su maleta de extraordinarias perlas sensitivas...
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Después de un par de meses, a él se le había hecho irresistible deleitarse con ese aroma a jazmín, sus rítmicos taconeos y sus dulces "buenos días". De hecho, había tomado la decisión de retrasar diez minutos la apertura de su pequeño taller de marquetería, para despedir sin palabras a aquella mujer. En realidad aquello no importaba demasiado, en el barrio Enrique era conocido por sus excepcionales trabajos de taracea, sus incrustaciones milimétricas y sus labradas obras de arte en madera, no se lo tendrían en cuenta...
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Aquella mujer había asaltado definitivamente la vida de Enrique. Su aroma había bloqueado cualquier resistencia de él, el ritmo de sus tacones lo había embrujado, haciendo cobrar todo el sentido a las notas de Don Manuel de Falla, que tantas veces había escuchado por las noches, en la tranquilidad de su casa, para evocar el ritmo de aquellos pasos...
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Enrique deseaba con fervor que aquello fuese real. Anhelaba su contacto, sus idas, sus venidas. En ocasiones, cegado por su pasión, y llevado por una oleada de pesimismo, creía que, en realidad, aquella posibilidad sencillamente no podía existir. No era posible bajo ningún concepto que aquella excepcional mujer se fijase en él, por mucho que en sus ensoñaciones la hubiese hecho princesa y reina, irresistible pirata de los siete mares, ángel y demonio, cielo e infierno. No, pensó para sí, éste será para siempre mi pequeño secreto. Nada ni nadie me quitará esta ilusión, la guardaré para mí, ella nunca sabrá, nunca sabrá...
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Así transcurrieron días, semanas, corrió el tiempo, en el que disfrutaba y sufría por partes iguales. Ella era su amor platónico, sereno, irracional, eso nadie se lo iba a quitar, pero el mismo tiempo le quemaba el alma por no poder decirle, confesarle, sincerarse, compartir con ella todo lo mucho y bueno que su corazón le quería ofrecer...
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Como ocurre siempre, la vida es una avenida de ida y vuelta. Enrique tampoco sabía en aquellos momentos que Lucía se había enamorado de él desde el primer día. Aquella mezcla de aromas a sándalo, madera vieja y cola adhesiva que él desprendía, era razón suficiente por la que ella acudía diariamente a su cita con el café, y sucintamente, con él; se estremecía cada vez que él, con su voz potente pero queda, pedía su "ristretto", acercándose a ella de forma irremediable, mientras transitaba hacia la barra. Enrique tampoco sabía que ella lo había hecho rey de su cálido reino de rosada piel, protagonista de su novela de aventuras y centro de su universo.
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Tampoco supo en aquel momento que Lucía también era invidente, y que, al igual que él, se regía por otros códigos, imperceptibles para el resto de las personas, pero no para ellos...
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Dedicado a todos aquellos que creen con los ojos cerrados.

miércoles 24 de junio de 2009

La Escritora
Por Manuel Muñoz Astudillo
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Lo sé muy bien. Desde un comienzo las cosas comenzaron a ir mal. Por cierto que en un principio no me di cuenta. Embelesado, como estaba, con la experiencia del matrimonio, del todo nueva para mí. Extasiado por la frescura de su cuerpo joven que mantenía mi ánimo al borde de un desvarío gozoso. Avasallado por su hablar continuo y la variedad de sus temas que hacía de cada palabra un elixir que bebía pausadamente para saborear hasta la última gota, no me di cuenta. Lo juro por mi madre que no me di cuenta de nada. Pero al fin y al cabo la reiteración de lo mismo, el continuo ir y venir de su exótico lenguaje por los espacios más recónditos de mi mente dieron definitivamente con la llave que abrió la puerta de la comprensión y del entendimiento. Poco a poco la fui analizando. Fui midiendo sus palabras una a una, sus cuentos, sus oraciones, sus sílabas, incluso su puntuación tan desesperante, de puntos y punto y comas repetidos. De su forma de cortar las frases y de pausarlas como si estuviera respirando en cada una de ellas. Lentas a veces,otras desbordantes de energía que parecía que dejarían la página cayendo por los márgenes y perdiéndose en el vacío. Ojalá ello hubiera sucedido. Ojalá se hubiese equivocado en la puntuación al menos. Pero no. Su léxico, su redacción, su estilo, eran casi la perfección misma.
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Por eso tenía tantos admiradores. Escritores como ella, algunos aprendices, seudoescritores de pacotilla, snobistas de la literatura y ciertamente uno que otro que tal vez valiera la pena. Ninguno podía comparársele. Es que además, su voz tenía una armonía musical cautivadora. ¡Que forma de leer sus escritos! Era la delicia misma donde la conjunción de la palabra escrita y oral convergían como un río cantarino adormeciendo al oído, arrullándolo, depositando en él con la suavidad con que cae un copo de nieve o la pluma más suave de un cisne, la sinfonía de las palabras que salían de sus hermosos labios. En esto no quiero ser exagerado, quizás no eran tan hermosos. Pero como no sentirlos así, si el auditorio podía estar minutos y minutos embelesado escuchando y jamás iba a sentir el menor síntoma de monotonía o aburrimiento. Lo malo fue que ella nunca me lo dijo. Temía una negativa de mi parte. Un rechazo. Una oposición a seguir por ese camino que contenía todos los fundamentos para que en un minuto determinado pudiera ordenar el cambio de vía que indudablemente correspondía. Claro. Yo debía pensar en mi también.
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Debía pensar en mi forma de ser. En mi carácter. En mi formulación de cónyuge, marido o como se dice hoy de pareja y así las cosas era inevitable que llegara el día en que mi propio bagaje de palabras se viera desmejorado, hasta el punto que mis silencios eran cada vez más prolongados. Cada vez más largos. Más dolorosos. Más terribles. Nadie quisiera haber estado en mi lugar. Nadie quiere ir perdiendo poco a poco las palabras y sentir como el peso del silencio encorva sus párpados, sus labios y su cabeza. Así caminaba yo. Cabizbajo, somnoliento, calado. Apenas brotaban monosílabos de mi boca. La verdad, verdad de este asunto es que casi ya no existía. Nadie me hablaba, nadie se dirigía a mí. Todos se agolpaban alrededor de ella, haciéndole una y mil preguntas. Dejándome a un lado como si fuera un apéndice del que podía prescindir fácilmente y que era necesario retirar en los momentos que era abordada por esa masa incoherente de admiradores superfluos, de los que nunca obtuvo nada que pudiera enriquecerla. ¡Pero, que más podría haberse enriquecido! Si era la elocuencia personificada. El desborde torrentoso del buen decir y del buen hablar. Ella seguía sus pasos en perfecta oposición a mi decadencia. Cuanto más hundido me encontraba en ese océano verbal, más airosa se veía ella. Cuanto más perdido estaba en el furioso oleaje de su léxico. Se mostraba y demostraba más segura de sí. Mientras más curvado pululaba de incógnito entre las gentes. Ella, garbosa y señorial, era reconocida por cuanto personaje que habitara el crepuscular mundo de las letras.
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Yo sé que no podía más. Que me era imposible continuar entregándome como un cordero dispuesto del todo al sacrificio. Mucho la amaba y aún la amo. Pero la existencia del ser lo obliga a uno ser responsable de su desarrollo, de su vitalidad. Ser consciente y consecuente de su propio destino. El amor no justifica que una vida se despoje de lo que naturalmente le pertenece para que otra se nutra, parasite, provocándole la peor de las muertes: el desaparecimiento social. Es lo que ella hizo conmigo. Me borró con su maldita verborrea, con sus puntos y sus comas y puso tres puntos suspensivos de adorno en mi corbata. En la única corbata que me iba quedando. Y claro está, yo también tenía derecho a mi propia existencia.
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Pero esto, todo lo que he dicho, quiero que lo comprendan los snobistas, los seudoescritores, los escritorcitos de pacotilla y los dos o tres que valen la pena que son los únicos que creo que realmente van a entender mi posición, que es personal, propia, original, de nadie más. Que me pertenece única y exclusivamente aunque no la tenga registrada en los derechos de autor. Que me entiendan que por eso yace ahí, muerta de no sé cuantas puñaladas. Creo que fueron más de veinte. Lo que carece de importancia porque en la primera ya estaba muerta. Sus admiradores pueden estar seguros que su dolor fue mínimo, pero que, en todo caso hay otro ser recuperado para las letras: YO.-